Aunque tenía veinticuatro años, nunca había tenido una aventura con una mujer. Las pocas juergas que habíamos hecho en Havran, gracias a la mediación de algunos amigos del barrio mayores que yo, no eran más que borracheras cuyo significado me era imposible comprender, y mi timidez natural me había impedido repetirlas. Para mí, la mujer era una criatura inalcanzable, alejada de lo material, que azuzaba mi imaginación y participaba en las mil y una aventuras que vivía cuando me tumbaba bajo los olivos en los calurosos días de verano. Durante largos años estuve enamorado en secreto de nuestra vecina Fahriye, y en mi imaginación tuve con ella relaciones que a menudo llegaban hasta la indecencia; pero cuando me la cruzaba en la calle, me daban palpitaciones tan fuertes que casi me caía al suelo, me sonrojaba como un ascua y buscaba dónde esconderme. Las noches de Ramadán, escapaba de casa para espiarla cuando iba con su madre a la oración del tarawih, con un farol en la mano, y me ocultaba frente a su puerta; pero en cuanto la puerta se abría y, en la luz amarillenta que se derramaba al exterior, aparecían dos cuerpos envueltos en negras túnicas, giraba la cabeza hacia la pared y empezaba a temblar de miedo de que se dieran cuenta de que yo estaba allí.
Cuando una mujer me gustaba de alguna manera, lo primero que hacía era huir de ella. Si me enfrentaba a ella, temía que cada gesto, cada mirada delatara mi secreto, y con una vergüenza indescriptible, casi asfixiante, me convertía en la persona más desgraciada del mundo. No recuerdo haber mirado con atención a los ojos de ninguna mujer en mi vida, ni siquiera a los de mi madre. Últimamente, sobre todo durante mi estancia en Estambul, me había propuesto luchar contra esta absurda timidez y había intentado comportarme con naturalidad con algunas chicas que conocía a través de amigos. Pero en cuanto percibía un mínimo interés por su parte, todas mis intenciones y decisiones se esfumaban. Nunca fui una persona inocente: cuando me quedaba solo, en mi mente revivía con esas mujeres escenas que ni los amantes más expertos habrían imaginado, y sentía en mi boca la presión embriagadora de unos labios cálidos y palpitantes, varias veces más intensa de lo que podría ser en la realidad.
Pero aquel cuadro del abrigo de piel que había visto en la exposición me había envuelto hasta tal punto que no me permitía ni siquiera tocarla en la imaginación. No solo era incapaz de imaginar una escena de amor con ella, sino que ni siquiera podía pensar en sentarme frente a ella como dos amigos. En cambio, cada vez aumentaba más mi deseo de ir a ver aquel cuadro, de sumergirme durante horas en esos ojos que estaba seguro de que no me miraban a mí. Me ponía el abrigo y volvía a la exposición; y esto se repitió durante días.
Cada día, siempre por la tarde, iba allí y paseaba lentamente, como si estuviera mirando los cuadros de los pasillos, pero refrenando a duras penas mis pasos, que ansiaban llegar a su verdadero destino con gran impaciencia; y como si me hubiera llamado la atención por casualidad, me detenía frente a la «Madonna con abrigo de piel» y me sumergía en su contemplación, esperando allí hasta que cerraban las puertas. Me había dado cuenta de que los vigilantes de la exposición y los pintores, muchos de los cuales estaban allí a diario, ya me habían reconocido. En cuanto entraba, se dibujaba una sonrisa en sus rostros y sus ojos seguían durante un buen rato a aquel extraño aficionado a la pintura. Los últimos días había dejado incluso de fingir que me interesaba por los demás cuadros. Me dirigía directamente ante la mujer del abrigo de piel, me sentaba en uno de los bancos que había allí y fijaba la mirada, ora en el cuadro, ora, cuando mis ojos se cansaban de mirar, en el suelo.
Era seguro que esta actitud mía despertaría la curiosidad de los presentes. Y así fue: un día ocurrió lo que temía. Una joven, a la que había visto varias veces en la sala y que, por su forma de hablar con los pintores de pelo largo, vestidos de negro y con enormes pajaritas, había deducido que también era pintora, se acercó a mí y me dijo:
—¿Le interesa tanto este cuadro? Todos los días lo está mirando.
Levanté la vista rápidamente y la volví a bajar. La sonrisa excesivamente desenvuelta y un tanto burlona de mi interlocutora me había sentado mal. Sus zapatos de nariz alargada, que estaban a un paso de mí, parecían esperar una respuesta, mirándome a la cara. Sus piernas, que asomaban bajo la falda corta –y no podía negar que eran realmente bien formadas– se estiraban de vez en cuando ligeramente, dibujando una suave curva bajo la media que se extendía hasta las redondas rodillas. Al ver que no pensaba irse sin obtener una respuesta, dije:
—Sí... Es un buen cuadro. —Luego, no sé por qué, sintiendo la necesidad de mentir, de dar una especie de explicación, murmuré—: Se parece mucho a mi madre.
—Ah, ¿por eso viene y se pasa horas mirándolo?
—Sí.
—¿Ha muerto su madre?
—No.
Esperó, como si quisiera que siguiera hablando. Con la cabeza siempre baja, añadí:
—Vive muy lejos.
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
—En Turquía.
—¿Es usted turco?
—Sí.
—Ya me parecía a usted extranjero.
Soltó una risita. Se sentó a mi lado con un aire muy desenvuelto. Al cruzar las piernas, la falda se le subió por detrás de las rodillas, y noté que, como siempre, el rostro se me encendía. Esto pareció divertir aún más a la que estaba a mi lado. Volvió a preguntar:
—¿No tiene usted una foto de su madre?
Aquella curiosidad innecesaria de la mujer empezaba a molestarme. Me daba cuenta de que lo hacía solo para burlarse. Los otros pintores nos miraban desde lejos y, seguro, sonreían socarronamente.
—Sí, pero... esta es diferente —dije.
La voz de la mujer se volvió un poco más seria:
—¿Ah, sí? Entonces es diferente.
Y acto seguido soltó otra risita.
Hice ademán de levantarme para huir. La mujer lo notó y dijo:
—No se moleste, yo me voy... Le dejo a solas con su madre.
Se levantó, dio unos pasos. Luego se detuvo de repente, volvió a acercarse a mí y, con un tono serio, incluso un poco triste, muy distinto a lo que había hablado hasta entonces, dijo:
—¿De verdad le gustaría tener una madre así?
—Sí, y tanto que me gustaría.
—¡Ah!
Dio media vuelta y se alejó con pasos rápidos y juveniles. Levanté la cabeza y la miré. Su pelo corto le saltaba en la nuca y, como llevaba las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, el traje sastre, ceñido, le envolvía el cuerpo ajustadamente.
Al pensar en cómo mi última frase había dejado al descubierto mi mentira, me quedé desconcertado. Me levanté de inmediato y, sin atreverme a dirigir la mirada a mi alrededor, salí a la calle.
Dentro de mí sentía algo parecido a despedirme de una persona con la que había trabado amistad durante un viaje, pero de la que me había visto obligado a separarme demasiado pronto. Sabía que ya no podría volver a poner un pie en aquella exposición. Los seres humanos, seres humanos que no se entienden unos a otros, me ahuyentaban también de allí.
En cuanto volviera a la pensión, empezarían de nuevo los días vacíos y sin sentido: oiría en la cena los planes para la salvación de Alemania o las quejas de la gente de clase media que había perdido su fortuna con la inflación, y me encerraría en mi habitación con los cuentos de Turguénev o de Theodor Storm. Al pensar en ello, me daba cuenta de cómo mi vida había empezado a cobrar sentido en aquellas dos últimas semanas y lo que significaba perderlo. Una posibilidad, una posibilidad que ni siquiera me había atrevido a considerar real, se había acercado hasta el borde de mi vida vacía y sin rumbo, y luego, de repente, tan súbita e injustificadamente como había llegado, se había ido. Solo ahora lo comprendía. Desde que tenía uso de razón, había pasado todos mis días, sin saberlo y sin confesármelo a mí mismo, buscando a una persona, y por eso había huido de todas las demás. Aquel cuadro me había hecho creer, aunque solo fuera por un tiempo, que era posible encontrar a esa persona que buscaba, que incluso estaba muy cerca de ella, y había despertado en mí una esperanza que ya no podía volver a adormecerse. Por eso, la decepción que sufrí esta vez fue proporcionalmente enorme. Me escondí aún más de los demás, me refugié aún más dentro de mí mismo. Pensé en escribir a mi padre para decirle que ya quería volver. Pero si me preguntaba: «¿Qué has aprendido en Europa?», ¿qué le respondería? Decidí quedarme unos meses más y, durante ese tiempo, aprender lo suficiente sobre «fabricación de jabón» como para satisfacerle. Volví a dirigirme a la misma empresa sueca y, aunque me recibieron con un poco más de frialdad, empecé a asistir regularmente a la fábrica. Anotaba con esmero en un cuaderno las fórmulas y los métodos que aprendía, y conseguí libros sobre el oficio para estudiarlos.
La viuda holandesa Frau van Tiedemann, de la pensión, también había estrechado la relación conmigo. Me daba a leer las novelas infantiles que compraba para su hijo de diez años, que estaba interno en un colegio, y me pedía mi opinión. Algunas noches, después de cenar, venía a mi habitación con cualquier pretexto sin importancia, se sentaba largamente y charlaba sin parar. Movía el dedo índice con una sonrisa de sabihonda y entornaba los ojos. Un día, por la tarde, me propuso que diéramos un paseo juntos; al volver a casa, al anochecer, insistió y me metió en una cervecería. Sin darme cuenta, estuvimos bebiendo hasta tarde. Desde que había llegado allí, había bebido cerveza de vez en cuando, pero nunca me había pasado como aquella noche. Recuerdo que en un momento dado todo el salón empezó a dar vueltas sobre mi cabeza y que, perdiendo el conocimiento, me desplomé en el regazo de Frau van Tiedemann. Al recobrarme un rato después, vi que la viuda, de buen corazón, me estaba secando la cara con un pañuelo que había mojado, ayudada por los camareros. Dije que volviéramos a casa enseguida. Ella insistió en pagar la cuenta. Cuando salimos, noté que no se tambaleaba menos que yo. Avanzábamos agarrados del brazo, chocando con los transeúntes. Como se acercaba la medianoche, las calles no estaban muy concurridas. En un punto, al cruzar al otro lado de la calle, ocurrió un pequeño incidente: al llegar a la acera de enfrente, Frau van Tiedemann tropezó con el bordillo; la mujer, algo regordeta, al intentar agarrarse a mí para no caer, como era más alta que yo, se me echó al cuello. Pero esta vez, aunque ya había recuperado el equilibrio, no me soltaba, sino que me apretaba más entre sus brazos. No sé si fue por el efecto de la borrachera, pero yo también me había olvidado de mi timidez y la abrazaba con fuerza. De repente sentí sus labios hambrientos, de aquella mujer de treinta y cinco años, en mi rostro. Su aliento, aunque un poco caliente, se extendió por mi interior como un olor denso pero agradable, fruto de aquella efusión de cariño desbordado. Un par de personas que pasaban a nuestro lado rieron y nos desearon felicidad. En ese momento, mis ojos se fijaron en una mujer que venía hacia nosotros desde la farola, unos diez pasos más allá. Sentí que todo mi cuerpo empezaba a temblar con una emoción indescriptible. La mujer, que todavía me abrazaba, al notarlo se excitó aún más y me cubrió el pelo de besos. Pero yo ya intentaba liberarme y quería mirar a la mujer que se acercaba. Era ella. Su rostro, que había visto durante un instante, había fulgurado como un relámpago en mi confusa mente. Era ella, exactamente la de la pintura que había visto en la exposición, la «Madonna con abrigo de piel»: con su rostro pálido, sus ojos negros y su nariz algo larga, dentro del cuello de piel de gato salvaje. Caminaba como si no se diera cuenta de su entorno, con esa expresión suya, triste y hastiada. Al vernos, se sorprendió un segundo, y en ese momento nuestras miradas se cruzaron. Vi pasar por sus ojos algo parecido a una sonrisa. Me sacudí como si hubiera recibido un latigazo en la nuca. A pesar de mi borrachera, comprendía perfectamente lo catastrófico que era encontrarme con ella por primera vez en un estado así, y lo que significaba que hubiera emitido ese primer juicio sobre mí con esa sonrisa. Por fin me liberé de los brazos de la mujer mayor. Quise correr al instante para alcanzar a la «Madonna con abrigo de piel». Sin saber qué iba a hacer ni qué decir, llegué hasta la esquina. Durante minutos escudriñé a mi alrededor: no había nadie. Frau van Tiedemann se había acercado de nuevo y me preguntaba: «¿Qué te pasa?». Se agarró de mi brazo y me arrastró hacia casa. Por el camino, me apretaba el brazo contra su cuerpo y se inclinaba hacia mi rostro. Su aliento caliente empezó a resultarme insoportablemente pesado esta vez. A pesar de ello, no oponía resistencia. Nunca me había acostumbrado a oponer resistencia a nadie en mi vida. Lo único que podía hacer era huir, y ahora ni siquiera podía hacer eso: la mujer me alcanzaría a los tres pasos. Al mismo tiempo, el encuentro de antes me había dejado aturdido. Como se me estaba pasando la borrachera, intentaba pensar con coherencia y recordar aquellos ojos que se habían clavado en los míos sonriendo hacía unos minutos. Pero todo me parecía ahora una alucinación, unas terribles imágenes creadas por mi febril mente. No, no la había visto. No podía habérmela encontrado en esa situación. Todo eran pesadillas provocadas por los abrazos, los besos y el aliento de la mujer que me acompañaba... Quería llegar a casa cuanto antes, tirarme en la cama, dormirme al instante y librarme de aquellos absurdos delirios. Pero la mujer no tenía ninguna intención de dejarme. Cuanto más nos acercábamos a casa, más vehementes se volvían sus movimientos, y su brazo, fortalecido por pasiones no saciadas, me apretaba más y más.
En la escalera volvió a echárseme al cuello; me solté con un movimiento rápido y subí de un salto. Ella, con su corpulencia, subía detrás de mí, haciendo temblar los escalones y jadeando. Mientras intentaba meter la llave en la cerradura de mi habitación, apareció por el otro extremo del pasillo el antiguo comerciante de las colonias, Herr Döppke. Caminaba despacio. Comprendí que había estado esperándonos sin acostarse hasta esa hora, y respiré hondo. Todos los de la pensión sabían que Herr Döppke albergaba ciertas dulces intenciones hacia aquella viuda, que gozaba de bastante buena posición económica y se encontraba en la plenitud fogosa de su femineidad. Se decía incluso que ella no se mostraba del todo ajena a esos sinceros sentimientos, y que tenía ciertos planes concretos para atar con lazos suaves a aquel solterón que, a pesar de haber superado los cincuenta, conservaba su vigor. Los dos amigos se detuvieron un momento al encontrarse en el pasillo. Yo entré rápidamente en mi habitación y cerré la puerta con llave por dentro. Afuera comenzó una conversación en susurros que se prolongó durante un buen rato. Se oía que a las preguntas hechas con cautela se respondía sin herir, y que aquellas explicaciones causaban un efecto calmante en oídos decididos a creer. Poco después, los pasos y los susurros se alejaron hacia el otro extremo del pasillo y se desvanecieron.
En cuanto me acosté, me dormí. Hacia la madrugada tuve sueños angustiosos: la mujer del abrigo de piel se me aparecía de mil formas diferentes y me atormentaba con aquella sonrisa terrible y aplastante. Quería decirle algo, explicarle algo, darle explicaciones, pero no lo conseguía. La expresión penetrante de sus ojos negros me sellaba las mandíbulas. Al verme condenado por ella con un veredicto inmutable, me retorcía aún más, sumiéndome en una profunda desesperación. Me desperté antes de que aclarara. Me dolía la cabeza. Encendí la lámpara e intenté leer algo. Las líneas se borraban ante mis ojos, y en medio de las páginas blancas, entre nieblas, aparecían dos ojos negros que se reían de mi miseria en silencio, con carcajadas íntimas. A pesar de saber que lo que había visto la noche anterior solo había sido una alucinación, no podía calmarme. Me levanté, me vestí y salí a la calle. Era una fría y húmeda mañana berlinesa. En las calles no había nadie más que los aprendices que, con sus pequeños carros, dejaban leche, mantequilla y panecillos en las casas. En las esquinas, unos cuantos policías se afanaban en arrancar y romper los panfletos revolucionarios pegados durante la noche en las paredes. Caminé bordeando el canal hasta el Tiergarten. Sobre el agua quieta, dos cisnes se deslizaban inmóviles como juguetes. En el parque, los prados y los bancos estaban empapados. En uno de esos bancos había un periódico arrugado de tanto sentarse en él y unas cuantas horquillas. Al verlas, recordé lo ocurrido la noche anterior. Sin duda, Frau van Tiedemann habría perdido un buen número de horquillas en la cervecería y por las calles, y probablemente dormiría ahora un sueño tranquilo junto al viejo Herr Döppke, su vecino de habitación, sin pensar que tendría que levantarse antes de que despertaran las criadas para volver a su propia habitación.
Fui a la fábrica más temprano que de costumbre y saludé al portero con gran cordialidad. Estaba decidido a entregarme al trabajo con todas mis fuerzas y a librarme así de las angustiosas obsesiones que engendraba el desempleo. Tomé largas notas en mi cuaderno junto a las calderas de jabón donde se añadía esencia de rosas. Anoté de qué fábrica eran las prensas que estampaban los jabones. Ya me veía como el director de la gran y moderna jabonería que instalaría en Havran, e imaginaba cómo los jabones rosas en forma de huevo, con el sello «Mehmet Raif – Havran», envueltos en papeles suaves y perfumados, se extenderían por toda Turquía.
Hacia mediodía noté que mi angustia había disminuido y que empezaba a ver la vida de un color más rosado. Comprendía que me afligía con cosas sin sentido, y achacaba toda la culpa a mi fantasía, a mi tendencia a encerrarme en mí mismo y a hacerme ilusiones. Pero a partir de ahora iba a cambiar. También reduciría las lecturas que no fueran libros técnicos sobre el oficio. ¿Acaso había alguna razón para que un hijo de la buena sociedad como yo no fuera feliz? Los olivares de mi padre, las dos fábricas de Havran y una jabonería me esperaban. Me haría también con las participaciones de mis hermanas, ambas casadas con maridos ricos, y viviría como un comerciante respetado en mi tierra. El enemigo había sido expulsado de la patria, el ejército nacional había liberado Havran. Mi padre, en sus cartas, se entusiasmaba y escribía una tras otra frases patrióticas. Incluso nosotros, aquí, habíamos celebrado una gran reunión en la embajada para saborear la emoción de la victoria. De vez en cuando, saliendo de mi habitual silencio, aconsejaba a Herr Döppke y a los oficiales alemanes sin trabajo que estaban con él sobre cómo salvar Alemania, basándome en lo que sabía de la campaña de Anatolia... Así que no había razón para preocuparse. ¿Qué papel podía jugar en mi vida una pintura sin sentido —aunque tuviera sentido, ¿qué más daba?— o una novela basada en hechos ficticios? No, a partir de ahora iba a cambiar por completo.
Sin embargo, al llegar la noche y oscurecer, una tristeza sin motivo se apoderó de mí. Decidí cenar fuera para no encontrarme con Frau van Tiedemann en la mesa, y bebí dos dobles de cerveza. Pero a pesar de todos mis esfuerzos, mi optimismo diurno no volvía. Era como si hubiera algo que se apretaba y se oprimía continuamente alrededor de mi corazón. Esperando que un paseo al aire libre me librara de aquel mal estado de ánimo, pedí la cuenta con rapidez. Fuera lloviznaba y el cielo estaba nublado. Se podía ver el reflejo rojizo de las abundantes luces de la ciudad en las nubes bajas que había sobre nosotros. Llegué a la ancha y larga avenida que llamaban Kurfürstendamm. Allí el cielo se volvía aún más luminoso, y hasta las gotas de lluvia que caían desde cientos de metros de altura se teñían de un color naranja. La avenida estaba flanqueada por casinos, cines y teatros. En las aceras, a pesar de la lluvia, paseaba gente que no se dejaba perturbar en absoluto. Caminaba lentamente pensando en cosas sin sentido y sin relación entre sí. Era como si quisiera alejar una idea que se empeñaba en venir a mi cabeza. Leía todos los letreros, examinaba todos los anuncios luminosos. Recorrí así varias veces aquella avenida que se extendía kilómetros. Luego torcí a la derecha y caminé hacia la plaza Wittenberg.
Allí, en las aceras frente a los grandes almacenes que llamaban Ka De We, unos jóvenes calzados con botas rojas y con la cara pintada como mujeres, paseaban y miraban a los transeúntes con ojos que invitaban. Saqué el reloj. Pasaban las once. Así que ya era tan tarde. Mis pasos se aceleraron de repente y tomé el camino hacia la cercana plaza Nollendorf. Esta vez sabía perfectamente adónde iba. La noche anterior me había encontrado con la «Madonna con abrigo de piel» allí, justo a esa hora. La plaza estaba vacía. Un policía paseaba frente al gran teatro del lado sur. Entré en la calle que venía de enfrente y llegué al lugar donde la noche anterior me había quedado abrazado a Frau van Tiedemann. Clavé la mirada bajo la farola de más allá, como si la persona que buscaba fuera a aparecer de repente. A pesar de haberme repetido a mí mismo que lo que había visto la noche anterior era una alucinación, una invención de mi mente ebria, heme aquí esperándola a ella, a aquella mujer, o quizá a aquella fantasía. El castillo que había construido desde la mañana se había desvanecido. Volvía a ser, como siempre, alguien alejado del mundo y siempre un juguete de mis imaginaciones y de mi mundo interior.
En ese momento vi a una persona que cruzaba el centro de la plaza y se dirigía hacia la calle donde yo estaba. Me escondí en el hueco de la puerta de una de las casas de allí y esperé. Cuando asomé la cabeza, reconocí a la mujer del abrigo de piel que se acercaba con pasos cortos y firmes. Esta vez no podía equivocarme. No estaba borracho. Los pasos secos de sus zapatos resonaban y rebotaban en las casas de ambos lados de la calle desierta. Empezó a dolerme el corazón, como si se me encogiera, y a latir con una velocidad terrible. Las pisadas se habían acercado considerablemente. De espaldas a la calle, jugueteaba con la puerta. Había adoptado una actitud como si fuera a abrirla y entrar, y estaba inclinado. Cuando las pisadas llegaron justo detrás de mí, hice un gran esfuerzo para no caerme y no soltar un pequeño grito, y me agarré a la pared que tenía al lado. La mujer siguió su camino; yo salí de mi escondite y, por miedo a perderla de vista, comencé a seguirla muy de cerca. No le había visto la cara. A pesar de tener tanto miedo de encontrármela, ahora caminaba a cinco o seis pasos detrás de ella. Si ante la posibilidad de que me viera buscaba un lugar para esconderme, ¿por qué había venido aquí y había esperado su paso? ¿Por qué la seguía ahora? ¿Acaso era ella? ¿De dónde había sacado la conclusión de que una mujer que pasaba por una calle a cualquier hora de la noche debía volver a pasar por el mismo lugar a la noche siguiente? No estaba en condiciones de responder a todas esas preguntas. La seguía con un latido que no cesaba, y cuanto más pensaba en la posibilidad de que se volviera de repente y me viera, más me excitaba... Caminaba con la cabeza gacha, sin ver nada más que el asfalto de la acera, siguiendo el sonido de sus pasos. De repente, los pasos cesaron. Me quedé quieto. Incliné aún más la cabeza y esperé como un condenado. No dijo nada. Pero al cabo de unos segundos me di cuenta de que el lugar donde me encontraba estaba más iluminado que otras partes de la calle.
Levanté la vista lentamente: no había ninguna mujer por ningún lado. A unos pasos había un cabaret bastante famoso, con la puerta iluminada por luces eléctricas. Un enorme letrero que sobresalía hacia la calle llevaba la palabra «Atlantik» escrita con bombillas azules que se encendían y apagaban, y debajo del texto había figuras hechas también con bombillas que simulaban olas del mar. Un hombre de casi dos metros de altura, vestido con un uniforme con trencilla y una gorra roja, que estaba en la puerta, se inclinó e invitó a entrar. Dijo: «...» (la frase está incompleta en el original turco, no la incluyo). Tenía una sonrisa muy significativa en el rostro. De repente me pasó por la cabeza la posibilidad de que aquella mujer fuera una de las clientas habituales del local. Su llegada cada noche a la misma hora así lo indicaba. Respiré hondo y aliviado, me quité el abrigo y entré en la sala.
Dentro había mucha gente. En el centro, en un hueco, había una pista de baile redonda; al fondo, una orquesta; en los laterales, palcos altos y recogidos. Más de la mitad tenían las cortinas corridas; las parejas que había dentro salían de vez en cuando a la pista a bailar, y luego volvían a sus palcos y corrían las cortinas. Me dirigí a uno que parecía no estar aún ocupado y me senté. Pedí una cerveza. El latido se me había pasado. Miré a mi alrededor con ojos que no tenían prisa. Esperaba encontrarla a ella, a la mujer del abrigo de piel, a la persona que me había robado el sueño durante semanas, sentada en una de aquellas mesas con algún juerguista, joven o viejo, y al ver cómo aquella mujer a la que yo daba tanta importancia y un sentido tan profundo ponía su alma en el mercado, librarme de todas mis vanas ilusiones. No estaba en las mesas alrededor de la pista de baile. Sin duda había entrado en uno de los palcos. Sentí que sonreía con amargura. Me irritaba mi insistencia en mirar a las personas con ojos distintos de los que eran. A los veinticuatro años, aún no me había librado de la candidez de mi infancia. Qué impresiones tan desmesuradas y qué esperanzas tan vastas había engendrado en mí un cuadro simple, quizá ni siquiera bonito. Le había dado a aquel rostro pálido significados suficientes para llenar libros, y había encontrado en él cualidades que en realidad nunca existieron.