Jagienka, al volver a casa, envió enseguida a un mozo a Krześnia para averiguar si en la taberna había ocurrido alguna pelea o si alguien había desafiado a otro. Pero el mozo, habiendo recibido una moneda para el camino, se puso a beber con los criados de los clérigos y no pensó en regresar. Otro, enviado a Bogdaniec para anunciar a Maćko la llegada del abad, volvió tras cumplir el encargo y al mismo tiempo informó de que había visto a Zbyszko entreteniéndose a los dados con el viejo señor.
Esto tranquilizó en parte a Jagienka, pues conociendo la experiencia y destreza de Zbyszko, temía menos por él un desafío que algún percance grave e inmediato en la taberna. También tenía ganas de ir con el abad a Bogdaniec, pero él se oponía, pues deseaba ajustar cuentas con Maćko sobre el asunto de la prenda y sobre otro aún más importante, para el cual no quería tener a Jagienka como testigo.
Por lo demás, se disponía a partir de noche. Al enterarse del feliz regreso de Zbyszko, entró en un humor excelente y ordenó a sus clérigos vagantes cantar de tal modo que el bosque se estremecía, y en el mismo Bogdaniec los campesinos se asomaban a sus chozas mirando si ardía algo o si el enemigo había atacado. Pero el peregrino que iba delante con un bastón curvo los tranquilizaba, diciendo que viajaba una persona eclesiástica de alta dignidad; así que se inclinaban ante él, y algunos incluso se persignaban.
Maćko y Zbyszko, al oír el bullicio y los cantos, salieron hasta la puerta a recibirlo. Algunos de los clérigos ya habían estado con el abad en Bogdaniec, pero había también quienes, habiéndose unido recientemente a la compañía, nunca lo habían visto hasta entonces. A estos les decayó el ánimo al ver la pobre casa, que no podía compararse con la espaciosa mansión de Zgorzelice.
Sin embargo, los reanimó la vista del humo que se escapaba por el tejado de paja, y cobraron aún más ánimo cuando, al entrar en la sala, sintieron olor a azafrán y a diversas carnes, y al mismo tiempo vieron dos mesas llenas de platos de peltre, todavía vacíos, pero tan enormes que cualquier mirada se alegraba al verlos. En la mesa más pequeña brillaba un plato preparado para el abad, todo de plata, y una jarrita igualmente de plata, primorosamente labrada, ambas obtenidas junto con otros tesoros de los frisones.
Maćko y Zbyszko empezaron enseguida a invitar a la mesa, pero el abad, que había comido bien antes de partir de Zgorzelice, rehusó, tanto más cuanto que otra cosa le ocupaba. Desde el primer momento de su llegada había estado observando a Zbyszko con atención y a la vez con inquietud, como si quisiera encontrar en él señales de una pelea; pero al ver el rostro tranquilo del joven, se impacientaba visiblemente, hasta que por fin no pudo contener por más tiempo su curiosidad.
—Vayamos a la alcoba —dijo— a tratar sobre la prenda. No os opongáis, porque me enfadaré. —Y volviéndose a los clérigos, tronó: —Y vosotros, callaos y no escuchéis detrás de la puerta.
Dicho esto, abrió la puerta de la alcoba, en la que apenas cabía, y entró, seguido de Zbyszko y Maćko. Allí, cuando se sentaron sobre los cofres, el abad se dirigió al joven caballero.
—¿Estuviste de vuelta en Krześnia? —preguntó. —Estuve. —¿Y qué? —Pues mandé decir una misa por la salud de mi tío, y nada más.
El abad se movió impaciente sobre el cofre. —¡Bah! —pensó—. No se ha encontrado ni con Cztan ni con Wilk; quizá no estaban, o quizá no los buscó. ¡Me equivoqué! —Pero estaba enfadado por haberse equivocado y porque sus cálculos le habían fallado, así que en seguida se le enrojeció el rostro y empezó a resoplar.
—¡Hablemos de la prenda! —dijo al cabo de un momento—. ¿Tenéis dinero?... porque si no, la heredad es mía.
A eso, Maćko, que sabía cómo tratar con él, se levantó en silencio, abrió el cofre en el que estaba sentado, extrajo de él un saco con marcos, evidentemente ya preparado, y dijo: —Somos gente pobre, pero tenemos dinero, y pagamos lo que se debe, como consta en el recibo y como yo mismo he atestiguado con la señal de la santa cruz. Y si además quisierais un suplemento por los aperos y el ganado, tampoco nos pelearemos, sino que pagaremos lo que ordenéis, y nos postraremos a vuestros pies, bienhechor nuestro.
Dicho esto, se inclinó hasta sus rodillas, y Zbyszko hizo lo mismo. El abad, que esperaba discusiones y regateos, quedó muy sorprendido por tal proceder, e incluso no del todo contento, pues en los regateos quería imponer sus propias condiciones, y mientras tanto la oportunidad se había escapado.
Así que, al devolver el “list”, es decir, el recibo de la prenda, en el que Maćko estaba firmado con la señal de la cruz, dijo: —¿Por qué me habláis de suplemento? —Porque no queremos aceptar nada gratis —respondió astutamente Maćko, sabiendo que cuanto más se opusiera en este caso, más ganaría.
En efecto, el abad se encolerizó en un abrir y cerrar de ojos: —¡Míralos! ¡No quieren aceptar nada gratis de sus parientes! ¡El pan escuece! ¡No tomé un yermo y no devuelvo un yermo, y si se me antoja arrojar este saco, lo arrojaré! —¡Eso no lo haréis! —gritó Maćko. —¡No lo haré! ¡Ahí tenéis vuestra prenda! ¡Ahí tenéis vuestros marcos! Los di por mi gracia, y aunque me hubiera dado la gana de dejarlos en el camino, a vosotros no os importa. ¡Así es como no lo haré!
Dicho esto, agarró el saco por el envoltorio y lo estrelló contra el suelo, de modo que del lienzo reventado se derramaron las monedas. —¡Dios os lo pague! ¡Dios os lo pague, padre y bienhechor! —empezó a gritar Maćko, que solo esperaba ese momento—. De otro no lo aceptaría, pero de un pariente y clérigo, ¡lo tomo!...
El abad, entretanto, miraba amenazadoramente ora a él, ora a Zbyszko, y al fin dijo: —Yo sé bien, aunque esté enfadado, lo que hago; así que quedaos con lo que habéis recibido, pues os anuncio que no veréis ni una sola moneda más. —Ni siquiera eso esperábamos. —Pero sabed que lo que deje después de mí, lo tomará Jagienka. —¿Y la tierra? —preguntó Maćko con ingenuidad. —¡Y la tierra! —tronó el abad. Ante esto, a Maćko se le alargó la cara, pero se contuvo y dijo: —¡Bah, qué pensar en la muerte! Que Jesucristo os dé cien años, o más, y antes un obispado digno. —¡Y aunque sea!... ¿acaso soy yo peor que otros? —respondió el abad. —No peor, sino mejor. —Estas palabras calmaron al abad, pues en general su ira era de corta duración. —Bien —dijo—, vosotros sois mis parientes, y ella solo una ahijada, pero la quiero a ella y a Zych desde hace muchos años. No hay en el mundo mejor hombre que Zych, ni mejor muchacha que Jagienka. ¿Quién podrá decir algo malo de ellos?
Y empezó a mirar desafiante, pero Maćko no solo no lo contradijo, sino que confirmó de buena gana que en vano se buscaría un vecino más digno en todo el reino. —Y en cuanto a la muchacha —dijo—, no amaría más a una hija propia de lo que la amo a ella. Gracias a ella recuperé la salud, y eso no lo olvidaré hasta mi muerte.
—Yo no quiero vuestro perjuicio, porque sois mis parientes, y por eso he ideado un modo para que lo que quede después de mí sea tanto de Jagienka como vuestro, ¿entendéis? —¡Quiera Dios que así sea! —respondió Maćko—. ¡Querido Jesús! ¡Iría a pie desde la tumba de la reina en Cracovia hasta el Monte Calvo para postrarme ante el madero de la Santa Cruz!
El abad se alegró de la sinceridad con que hablaba Maćko, sonrió y dijo: —La muchacha tiene derecho a escoger, pues es hermosa, tiene una dote decente y un linaje noble. ¿Qué son para ella Cztan o Wilk, cuando ni siquiera el hijo de un voivoda sería demasiado para ella? Pero si yo, sin comparar, concertara un matrimonio con alguien, ella se casaría con él, porque me quiere y sabe que no le aconsejaré mal. —Bien le irá a aquel con quien concertéis el matrimonio —dijo Maćko.
Pero el abad se volvió a Zbyszko: —¿Y tú qué? —Pues pienso lo mismo que mi tío.
El noble rostro del abad se iluminó aún más; dio a Zbyszko una palmada en el omóplato que resonó en la alcoba, y preguntó: —¿Por qué no dejaste que ni Cztan ni Wilk se acercaran a Jagienka junto a la iglesia? ¿Eh? —Para que no pensaran que les tengo miedo, y para que tampoco lo pensarais vos. —Pero además le ofreciste agua bendita. —Sí, se la ofrecí.
El abad le dio una segunda palmada. —Entonces... ¡cásate con ella! —¡Cásate con ella! —repitió Maćko como un eco.
Ante esto, Zbyszko se recogió el cabello bajo la redecilla y respondió tranquilamente: —¿Cómo voy a casarme con ella, si he jurado ante el altar en Tyniec a Danusia Jurandówna? —¡Prometiste las Crestas de Pavo Real, pues búscalas, y cásate enseguida con Jagienka! —No —respondió Zbyszko—; después, cuando ella me echó un velo, juré que la tomaría por esposa.
El rostro del abad empezó a enrojecer; se le amorataron las orejas y los ojos se le salieron de las órbitas: se acercó a Zbyszko y le dijo con voz algo ahogada: —Tus juramentos son paja, y yo soy el viento, ¿entiendes? ¡Ahí! —Y le sopló en la cabeza con tal fuerza que le voló la cinta y el cabello se le desparramó desordenadamente por los hombros y la espalda.
Entonces Zbyszko frunció el ceño y, mirando fijamente al abad a los ojos, dijo: —En mi juramento está mi honor, y de mi honor yo mismo soy el guardián.
Al oír esto, el abad, no acostumbrado a la oposición, perdió el aliento de tal modo que se quedó mudo por un momento. Siguió un silencio siniestro, que al fin rompió Maćko: —¡Zbyszko! —gritó—. ¡Vuelve en ti! ¿Qué te pasa?
El abad, entretanto, levantó el brazo y, señalando al joven, empezó a gritar: —¿Qué le pasa? Yo sé lo que le pasa: ¡no tiene alma de caballero ni de noble, sino de liebre! ¡Lo que pasa es que tiene miedo de Cztan y de Wilk!
Y Zbyszko, que no había perdido la sangre fría ni un momento, se encogió de hombros con desdén y respondió: —¡Bah! ¡Les rompí la cabeza en Krześnia. —¡Teme a Dios! —gritó Maćko.
El abad miró a Zbyszko durante un rato con los ojos desorbitados. La ira luchaba en él con la admiración, y al mismo tiempo su innata inteligencia aguda empezó a recordarle que de aquella paliza a Wilk y Cztan podía sacar provecho para sus planes.
Así que, una vez serenado un poco, gritó a Zbyszko: —¿Por qué no lo dijiste? —Porque me daba vergüenza. Pensé que me desafiarían, como corresponde a los caballeros, a un combate a caballo o a pie, pero son salteadores, no caballeros. Primero Wilk arrancó una tabla de la mesa, Cztan arrancó otra, ¡y a por mí! ¿Qué iba a hacer? Agarré un banco también, bueno... ¡y ya sabéis!... —¿Viven al menos? —preguntó Maćko. —Viven, solo que quedaron aturdidos. Pero aún en mi presencia empezaron a respirar.
El abad escuchó, se frotó la frente, y luego se levantó de repente del cofre en el que se había sentado para reflexionar mejor, y exclamó: —¡Espera!... ¡Ahora te voy a decir algo! —¿Qué vais a decir? —preguntó Zbyszko. —Te digo que si te has batido por Jagienka y has partido cabezas por ella, eres realmente su caballero, no de otra, ¡y debes casarte con ella!
Dicho esto, se puso en jarras y empezó a mirar triunfalmente a Zbyszko, pero este solo sonrió y dijo: —¡Bah! Bien sabía yo por qué queríais que me lanzara contra ellos, pero os ha salido el tiro por la culata. —¿Por qué te ha salido mal?... ¡Habla! —Porque les hice declarar que la muchacha más hermosa y más virtuosa del mundo es Danusia Jurandówna, y ellos precisamente defendieron a Jagienka, y de ahí surgió la pelea.
Al oír esto, el abad se quedó un momento inmóvil, como petrificado, y solo por el parpadeo de sus ojos se podía saber que aún vivía. De repente se volvió, derribó la puerta de la alcoba de una patada, entró en la sala, allí agarró el bastón curvo de manos del peregrino y empezó a espantar con él a sus “juglares”, gritando: —¡A caballo, juglares! ¡A caballo! ¡Mi pie no pisará más esta casa! ¡A caballo, quien crea en Dios! ¡A caballo!...
Y tras derribar de nuevo la puerta, salió al patio, y los aterrorizados clérigos vagantes detrás de él. Así, yendo en tropel al cobertizo, comenzaron a ensillar los caballos en un instante. En vano Maćko corrió tras el abad, en vano suplicó, imploró que no era culpable: ¡nada sirvió! El abad, cuando le trajeron el caballo, saltó sobre él sin estribos y se lanzó al galope desde el mismo lugar, con las mangas ondeando al viento, semejante a un gigantesco pájaro rojo. Los clérigos volaban tras él atemorizados, a modo de un rebaño que sigue a su guía.
Maćko los miró un rato, y cuando desaparecieron en el bosque, volvió lentamente a la sala y dijo a Zbyszko, moviendo la cabeza con tristeza: —¡Qué has hecho!... —No habría pasado esto si me hubiera ido antes, y no me fui por vuestra culpa. —¿Cómo, por mi culpa? —Pues porque no quise dejaros estando enfermo. —¿Y ahora qué pasará? —Pues ahora me iré. —¿Adónde? —A Masuria, a casa de Danusia... y a buscar las Crestas de Pavo Real, entre los alemanes.
Maćko calló un momento, y luego dijo: —Devolvió el recibo, pero la prenda está inscrita en el libro del tribunal. Ahora el abad no nos perdonará ni una moneda. —Pues que no nos perdone. Tenéis dinero, y yo no necesito para el camino. En todas partes me recibirán y darán de comer a los caballos; con tal de tener una armadura en el lomo y una espada en la mano, no me preocupo por nada.
Maćko reflexionó y empezó a considerar todo lo ocurrido. Nada había salido como él quería, ni según su deseo. Él mismo también deseaba de todo corazón a Jagienka para Zbyszko; pero comprendió que no podía salir pan de esa harina y que, ante la ira del abad, ante Zych y Jagienka, y finalmente ante la pelea con Cztan y Wilk, era mejor que Zbyszko se fuera a que fuera causa de futuros desacuerdos y disputas.
—¡Bah! —dijo al fin—. De todas formas tienes que buscar cabezas de cruzados, así que ya que no hay otro remedio, vete. Que se haga según la voluntad de Jesucristo... Pero yo tengo que ir enseguida a Zgorzelice; quizá pueda reconciliar a Zych y al abad... Siento especialmente por Zych.
Aquí miró a los ojos de Zbyszko y preguntó de repente: —¿Y a ti no te da lástima Jagienka? —¡Que Dios le dé salud y todo lo mejor! —respondió Zbyszko.