Tellura
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X

Capítulo 28 · 2329 palabras · ~12 min de lectura

X.

Zbyszko alcanzó a Zych y a Jagienka, que cabalgaban en compañía del abad y sus clérigos hacia Krześnia; se unió a ellos y siguió el camino juntos, pues le importaba demostrar al abad que no temía ni a Wilk de Brzozowa ni a Cztan de Rogowa, y que no pensaba esconderse de ellos. En un primer momento, la belleza de Jagienka volvió a sorprenderle, pues aunque la había visto a menudo, tanto en Zgorzelice como en Bogdaniec, vestida con esmero para las visitas, nunca la había visto tan engalanada como ahora, de camino a la iglesia. Llevaba un vestido de paño rojo forrado de armiño, guantes rojos y una capucha de armiño bordada en oro sobre la cabeza, de la que asomaban dos trenzas que le caían sobre los hombros. Tampoco montaba a caballo a horcajadas, sino en una silla alta con respaldo y un estribo para apoyar los pies, que apenas se veían bajo la larga falda, dispuesta en pliegues uniformes. A Zych, que en casa permitía a la muchacha vestir zamarra y botas de piel de becerro, le importaba que ante la iglesia todos reconocieran que no llegaba la hija de un hidalgo cualquiera, sino una doncella de una poderosa casa de caballeros. Con ese fin, dos mozalbetes, vestidos con ropas ceñidas por abajo y abullonadas por arriba, como solían vestir los pajes, llevaban su caballo de las riendas. Cuatro hombres de la corte cabalgaban detrás, y con ellos los clérigos del abad, con espadas y laúdes al cinto. Zbyszko admiró grandemente todo el séquito, especialmente a Jagienka, que parecía una imagen, y al abad, que, vestido de rojo y con las mangas enormes de su sayo, le parecía un príncipe viajero. El más modestamente ataviado de todos era el propio Zych, que se esmeraba en la pompa para los demás, y para sí mismo solo buscaba la alegría y el canto.

Una vez igualadas las cabalgaduras, cabalgaban en fila el abad, Jagienka, Zbyszko y Zych. Al principio, el abad ordenó a sus «juglares» cantar himnos piadosos; pero, después, cansado de ellos, comenzó a conversar con Zbyszko, que, sonriendo, observaba su poderosa espada, no menor que los mandobles alemanes de dos manos.

Cuando ya se divisaba Krześnia, el abad se palmeó el cinto, lo giró hacia adelante para poder asir fácilmente la empuñadura de la espada y dijo:

—El Viejo Lobo de Brzozowa vendrá seguramente con un buen séquito.

—Seguro —confirmó Zych—, pero los criados murmuraban que había caído enfermo.

—Y uno de mis clérigos oyó que piensa atacarnos delante de la posada, después de misa.

—No haría eso sin previo aviso, y menos después de la santa misa.

—Que Dios le conceda el arrepentimiento. Yo no busco guerra con nadie y soporto las injurias con paciencia.

Entonces se volvió hacia sus «juglares» y dijo:

—Que nadie desenvaine la espada y recordad que sois siervos eclesiásticos; solo si ellos desenvainan primero, entonces vosotros contra ellos.

Zbyszko, cabalgando junto a Jagienka, le preguntaba a su vez por los asuntos que más le interesaban.

—Seguramente encontraremos en Krześnia a Cztan y al Joven Wilk —dijo—. Me los señalarás de lejos, para saber quiénes son.

—Bien, Zbyszko —respondió Jagienka.

—Seguramente se reúnen ante la iglesia y después de la iglesia. ¿Qué hacen entonces?

—Me sirven como pueden.

—Hoy no te servirán, ¿entiendes?

Y ella respondió de nuevo, casi con humildad:

—Bien, Zbyszko.

La conversación les fue interrumpida por el sonido de las matracas de madera, pues en Krześnia aún no había campanas. Al poco llegaron. De entre la multitud que esperaba la misa ante la iglesia salieron al instante el Joven Wilk y Cztan de Rogowa, pero Zbyszko se les adelantó: saltó del caballo antes de que ellos pudieran alcanzarle, tomó a Jagienka por la cintura y la bajó de la silla; luego la cogió de la mano y, mirándolos con desafío, la condujo hacia la iglesia.

En el pórtico de la iglesia les esperaba una nueva contrariedad. Ambos se apresuraron hacia la pila de agua bendita y, mojándose las manos, las tendieron a la muchacha. Pero Zbyszko hizo lo mismo, y ella tocó sus dedos, luego se santiguó y entró con él en la iglesia. Entonces, no solo el Joven Wilk, sino también Cztan de Rogowa, aunque de escaso entendimiento, comprendieron que todo aquello era hecho adrede, y a ambos les embargó una ira tan salvaje que se les erizaron los cabellos. Conservaron apenas la cordura suficiente para no querer, por temor al castigo divino, entrar en la iglesia enfurecidos; en cambio, Wilk salió disparado del pórtico y corrió como un loco por el cementerio entre los árboles, sin saber adónde iba. Cztan corría tras él, también sin saber con qué fin.

Se detuvieron solo en una esquina de la cerca, donde yacían grandes piedras preparadas para los cimientos del campanario que se iba a erigir en Krześnia. Allí, Wilk, queriendo descargar la rabia que le hervía en el pecho hasta la garganta, asió una de aquellas losas y comenzó a sacudirla con todas sus fuerzas; al verlo, Cztan también la agarró, y al poco empezaron ambos a rodarla con furia por todo el cementerio, hasta la puerta de la iglesia.

La gente los miraba con asombro, creyendo que habían hecho algún voto y que de aquel modo querían contribuir a la construcción del campanario. Pero el esfuerzo les alivió considerablemente, de modo que ambos recobraron el sentido; solo estaban pálidos por la tensión, jadeando y mirándose el uno al otro con expresión insegura.

Cztan de Rogowa rompió el silencio el primero.

—¿Y bien? —preguntó.

—¿Y bien? —respondió Wilk.

—¿Le atacamos ahora mismo?

—¿Cómo vas a atacar en la iglesia?

—No en la iglesia, sino después de misa.

—Está con Zych y con el abad. ¿Olvidaste lo que dijo Zych? Que si se armara una pelea, a los dos nos echaría de Zgorzelice. Si no fuera por eso, ya te habría quebrado las costillas.

—¡O yo a ti! —replicó Cztan, apretando sus puños enormes.

Y los ojos comenzaron a brillarles amenazadores, pero enseguida comprendieron ambos que ahora necesitaban más concordia que nunca. Ya se habían peleado antes entre sí, pero siempre se reconciliaban después de la pelea, porque, aunque el amor por Jagienka los separaba, no podían vivir el uno sin el otro y siempre se echaban de menos. Ahora, en cambio, tenían un enemigo común y sentían ambos que era un enemigo terriblemente peligroso.

Al cabo de un momento, Cztan preguntó:

—¿Qué hacemos? ¿Le enviaremos un desafío a Bogdaniec?

Wilk, que era más astuto, no sabía qué hacer de momento. Por suerte, acudieron en su ayuda las matracas, que sonaron de nuevo indicando que comenzaba el oficio. Así que dijo:

—¿Qué hacer? Ir a misa, y luego que sea lo que Dios quiera.

Cztan de Rogowa se alegró de tan sensata respuesta.

—Quizá el Señor Jesús nos inspire —dijo.

—Y nos bendiga —añadió Wilk.

—Según la justicia.

Y entraron en la iglesia, y tras escuchar devotamente el oficio, cobraron ánimo. No perdieron la cabeza ni siquiera cuando Jagienka, después de misa, en el pórtico, recibió de nuevo el agua bendita de manos de Zbyszko. En el cementerio, junto a la puerta, se inclinaron a los pies de Zych, Jagienka, e incluso del abad, aunque este era enemigo del Viejo Lobo de Brzozowa. A Zbyszko lo miraban, ciertamente, con el ceño fruncido, pero ninguno gruñó, aunque los corazones les aullaban en el pecho de dolor, rabia y celos, pues nunca Jagienka les había parecido tan hermosa ni tan semejante a una reina. Solo cuando el espléndido séquito emprendió el regreso, y cuando les llegó, desde lejos, la alegre canción de los clérigos errantes, Cztan comenzó a enjugarse el sudor de sus mejillas barbudas y a resoplar como un caballo; Wilk, en cambio, exclamó rechinando los dientes:

—¡A la posada! ¡A la posada! ¡Me muero!

Y luego, recordando lo que antes les había aliviado, asieron de nuevo la losa y la rodaron con fiereza hasta su lugar primitivo.

Zbyszko, mientras tanto, cabalgaba junto a Jagienka, escuchando la canción de los juglares del abad; pero, cuando hubieron recorrido cinco o seis estadios, detuvo de repente el caballo y dijo:

—¡Ah! Había que dar una misa por la salud de mi tío y lo olvidé: vuelvo.

—¡No vuelvas! —exclamó Jagienka—. Mandaremos desde Zgorzelice.

—Vuelvo, y vosotros no me esperéis. ¡Adiós!

—¡Adiós! —dijo el abad—. ¡Vete!

Y su rostro se iluminó; cuando Zbyszko desapareció de su vista, dio un codazo a Zych y dijo:

—¿Lo entendéis?

—¿Qué he de entender?

—Se peleará en Krześnia con Wilk y Cztan, tan seguro como el amén en el padrenuestro, pero eso es lo que yo quería y a lo que conducía.

—Son mozos de pelea y le herirán, ¿y qué sacaremos de eso?

—¿Cómo que qué? Si se pelea por Jagienka, ¿cómo va a seguir pensando en esa Jurandówna? De ahora en adelante, Jagienka será su señora, no la otra; y eso es lo que quiero, porque es pariente mío y me ha salido bien.

—Sí, ¿y el voto?

—Lo absolveré sobre la marcha. ¿No oísteis que ya lo prometí?

—Vuestra cabeza da consejo para todo —respondió Zych.

El abad se regocijó con el elogio; luego se acercó a Jagienka y le preguntó:

—¿Por qué estás tan apenada?

Ella se inclinó en la silla, cogió la mano del abad y la llevó a sus labios:

—Padrino, ¿no podríais enviar un par de «juglares» a Krześnia?

—¿Para qué? Se me emborracharán en la posada y nada más.

—Pero quizá impedirían alguna pelea.

El abad le miró fijamente a los ojos y dijo de repente, con brusquedad:

—¡Y aunque lo mataran allí!

—¡Entonces que me maten a mí también! —exclamó Jagienka.

Y la amargura que, junto con el pesar, se había acumulado en su pecho desde la conversación con Zbyszko, brotó ahora en un torrente de lágrimas. Al verlo, el abad rodeó con el brazo a la muchacha, cubriéndola casi por completo con su enorme manga, y comenzó a decir:

—No temas, hijita, por nada. Puede ocurrir una pelea, pero ellos también son nobles, así que no le atacarán en grupo, sino que le desafiarán al campo según la costumbre caballeresca; y él ya sabrá arreglárselas, aunque tuviera que batirse a la vez con los dos. En cuanto a la Jurandówna, de la que has oído hablar, solo te digo que él nunca la tomará por esposa.

—¡Puesto que él prefiere a la otra, yo no me preocupo por él! —respondió Jagienka entre lágrimas.

—Entonces, ¿por qué lloriqueas?

—Porque tengo miedo por él.

—¡Ah, cabeza de mujer! —dijo el abad riendo.

Luego, inclinándose al oído de Jagienka, comenzó a decir:

—Piénsalo, muchacha, que aunque te tome por esposa, también le ocurrirá enfrentarse a menudo, porque para eso es noble.

Aquí se inclinó aún más y añadió:

—Y te tomará, y no tardará, ¡tan cierto como que Dios está en el cielo!

—¡Como si él fuera a tomarme! —respondió Jagienka.

Pero al mismo tiempo comenzó a sonreír entre lágrimas y a mirar al abad como si quisiera preguntarle de dónde lo sabía.

Entretanto, Zbyszko, de vuelta en Krześnia, se dirigió directamente a casa del sacerdote, pues en verdad quería ofrecer una misa por la salud de Maćko; una vez resuelto el asunto, se encaminó directamente a la posada, donde esperaba encontrar al Joven Wilk de Brzozowa y a Cztan de Rogowa.

Así fue: encontró a ambos, y además un buen número de gente: nobles, escuderos, campesinos y algunos «bufones» que mostraban diversas habilidades alemanas. Al principio, sin embargo, no pudo distinguir a nadie, pues las ventanas de la taberna, hechas de vejigas de buey, dejaban pasar poca luz; solo cuando el mozo del lugar echó unos leños de pino en la chimenea, vio en un rincón, tras los toneles de cerveza, el peludo rostro de Cztan y la severa y colérica cara de Wilk de Brzozowa.

Entonces empezó a avanzar lentamente hacia ellos, apartando a la gente a su paso, y al llegar, golpeó la mesa con el puño, haciendo retumbar toda la posada.

Ellos se levantaron al instante y comenzaron a ajustarse rápidamente los cinturones de cuero; pero, antes de que asieran las empuñaduras, Zbyszko arrojó un guante sobre la mesa y, hablando con voz gangosa, como solían hablar los caballeros al desafiar, dijo las siguientes palabras, inesperadas para todos:

—Si alguno de vosotros dos, o de los demás hombres de armas aquí presentes, sostiene que la doncella más hermosa y virtuosa del mundo no es la señorita Danuta Jurandówna de Spychów, a ese le desafío a combate a caballo o a pie, hasta que uno se arrodille o hasta el último aliento.

El Joven Wilk y Cztan quedaron atónitos, igual que lo habría estado el abad si hubiera oído algo semejante; y durante un momento no pudieron articular palabra. «¿Qué doncella es esa?» A ellos, por supuesto, les importaba Jagienka, ¡no ella!... Y si a ese gato montés no le importaba Jagienka, ¿qué quería de ellos? ¿Por qué los había irritado ante la iglesia? ¿Por qué había venido allí y por qué buscaba pelea con ellos? Ante estas preguntas, se les hizo tal revoltijo en la cabeza que abrieron la boca de par en par; Cztan, por su parte, puso unos ojos como platos, como si no tuviera delante a un hombre, sino a una suerte de engendro alemán.

Pero Wilk, que era más astuto y conocía un poco las costumbres caballerescas, sabía que a menudo los caballeros hacían votos de servicio a unas mujeres y se casaban con otras; pensó que también en aquel caso podía ser así, y que, si se presentaba la ocasión de defender a Jagienka, debía aprovecharla al vuelo.

Así que salió de detrás de la mesa y, acercándose a Zbyszko con rostro amenazador, preguntó:

—¿Cómo, canalla, que no es Jagienka Zychówna la más hermosa?

Detrás de él salió Cztan; y la gente comenzó a agolparse a su alrededor, pues todos sabían ya que aquello no terminaría en nada baladí.

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